Abuelos y nietos
No tienes abuela. Esta expresión popular tiene su sentido. Los abuelos, en especial las abuelas, se muestran más complacientes con sus nietos, por norma general. Hay excepciones claro, gente rara hay en todos lados. Una abuela siempre mirará con mejores ojos a sus nietos, las madres quieren a sus hijos, pero llevan todo el tiempo el uniforme de jefa, guardianas de la educación de sus retoños. Las abuelas no, son más dadas a consentirles, más si no ven a sus nietos todo el tiempo que quisieran. Estos son algunos de los recuerdos sobre mi abuela.
Noche fría de diciembre a mediados de los ochenta. Recorremos las calles vacías de Villafranca a las 6 de la mañana. Estamos cansados, el viaje ha sido largo, más de 1000 kms de trayecto y un puñado de puertos de montaña. Cuando todavía no existían todas esas autovías por las que no tenías que atravesar todos los pueblos. Callejeamos mirando las puertas de las casas, unas más pudientes, otras más humildes… ni un alma en la calle. Llegamos a nuestro destino, paramos el coche. Al salir, nos da una bofetada de gélido frío en la cara. Nuestra madre nos manda ponernos los anoraks, hasta que nos cubra la barbilla. La puerta de la casa que tenemos enfrente empieza a abrirse, primero la cerradura, y luego la cadena. Es la abuela Amparo asomada a la puerta para cerciorarse que somos nosotros. Sale a recibirnos con los brazos cruzados ataviada con una rebeca gris, como si con esa postura pudiera protegerse del persistente frío. Le da unos besos a mi madre, otro a mi padre, y luego viene a saludarnos a nosotros, nos da los famosos besos metralleta que suelen dar los abuelos sujetándonos las mejillas. - chuik! chuikchuikchuikk!! Niño,¡Qué grande estás!, ¡cómo has crecido!
Para entonces ya han bajado a darnos la bienvenida mi tía Mari y mi tío José, que pronto se pone manos a la obra y empieza ayudar a mi padre a descargar las cosas del coche, para después unirnos a ellos con la descarga. Recuerdo muchas de esas llegadas al pueblo, casi siempre por esas mismas fechas, para pasar las navidades allá con la familia. Primero íbamos a visitar a la abuela Carmen y demás tíos y primos, que ya sabían de nuestra llegada. Cansados por el viaje y mareados de tanta gente por casa. Nuestra abuela Carmen sea la hora que fuera que llegáramos, empezaba a sacar fuentes de pastas, perrunillas, chorizo, coca cola, a hacer cafés con la vieja cafetera. - ¡Pero niños comed! ¿nos os gustan las pastas?
Claro que nos gustaban las pastas y todo lo que nos ofrecía, pero estábamos muy cansados, atontados, más de lo habitual, sólo queríamos tomar algo caliente e irnos a la cama. Normalmente nos solíamos quedar en casa de la abuela Amparo. Por las mañanas, nos levantábamos temprano, y siempre nos reprendía que porqué no nos quedábamos más tiempo en la cama. Nos preparaba un tazón de leche con cola cao (años después un buen café en el mismo tazón) y nos daba caldillo (como paté de hígado, pero en heavy) que untábamos en pan tostado. Dos buenas tostadas de caldillo con un buen tazón de leche y ya íbamos aviados para toda la mañana.
Mi abuela Amparo era siempre prudente, muy prudente, discreta, y siempre al quite de todo lo que pudieran necesitar sus hijos y nietos. Viajó muchas veces a Barcelona, las últimas veces con una edad ya avanzada. Todo por vernos, hacía ese gran esfuerzo de atravesar todo el país en coche. Más de una vez me quedé con ella a hacerle compañía mientras el resto de la familia iba a tal o cual sitio, donde había demasiado ajetreo para mi abuela. Esas veces que nos quedábamos solos, hablábamos un poco de todo, de cómo nos iba a todos, me contaba cosas del pueblo, cosas de cuando eran pequeños mis tíos, mi madre…las travesuras que hacían. Y siempre, siempre me recordaba que qué pena que nos hubiéramos ido a vivir tan lejos. Ahora entiendo mejor que nunca ese pesar de una madre, de una abuela y de todo lo que pudiera darnos o ofrecernos era poco para ella, como intentando recuperar el tiempo perdido como madre y abuela.
Cuando íbamos en verano al pueblo nos decía hiciéramos la siesta después de comer. En el pueblo es algo sagrado el tema de la siesta. Nosotros, los catalanes, incluidos mis padres, no teníamos tan arraigada esa sana costumbre. En invierno por el contrario nos invitaba a no salir de la mesa camilla, una mesa redonda con una manta que mantenía el calor del brasero. Un vicio la mesa camilla, no salía ni Dios de ella. Se estaba tan agustirrinín… mi abuela preparaba ella misma el picón, la madera carbonizada que sirve luego para hacer las brasas. Recuerdo como en el patio, mientras preparaba el picón, ahuyentaba a gatos okupas que se metían en sus dominios al grito de; ¡¡Zape!! para que no volvieran más por su patio.
Cuando era la hora de marchar de vuelta a casa, nos despedíamos en el mismo lugar donde nos encontrábamos a la llegada, no sin antes llamarnos a cada uno de nosotros, sus nietos, uno por uno, para darnos un dinero de escondidillas para que nos lo gastáramos en lo que quisiéramos, un convite, como decía ella. Y nos prohibía decírselo a mi madre porque si no sabía que nos lo hacía devolver, que era demasiado dinero para unos niños. Muchos años después, algunos de nosotros ya trabajábamos, y todavía nos daba dinero a escondidas, y yo lo aceptaba de buen agrado, porque si no lo hacía, era como una falta de desconsideración.
Las despedidas siempre eran un momento de sentimientos encontrados. Ahí estaban mi tía y mi abuela con los brazos siempre cruzados, o brazos en jarra y mi tío metiendo huevos, aceite y demás delicias de la tierra hasta rebosar el maletero. A mi abuela siempre le atacaba la pena de que nos tuviéramos que ir, tan lejos. Nos daba los besos metralleta de nuevo y nos advertía que igual era la última vez que nos podría ver. Como los Rolling Stones, 20 años o más despidiéndose de los suyos.
Las últimas conversaciones con ella al teléfono eran muy agradables, se alegraba mucho por mí, y yo por ella porque estuviera tan bien, con sus achaques pero tan lúcida. Le contaba que aunque a veces se me hizo un poco cuesta arriba esto de venirme aquí, y el tema del idioma, que tenía ilusión por superarme, que era lo mejor que podría haber hecho. No me recordaba más lo de que tenía ganas de verme porque como ya dije, ella era muy prudente, nunca quiso agobiar. Yo tenía todas las ganas del mundo. Todo acompañaba a poder hacerle una nueva visita, con tiempo, disfrutando de la familia y de mi abuela. La filosofía del “Haz bien y no mires a quién” se la debo mucho a mi abuela, que a su vez se lo transmitió a sus hijos y estos a nosotros.
A todos los abuelos y abuelas, por transmitir toda esa sabiduría que dan los años.
A mi abuela.
2 comentarios »
Redifusión RSS de los comentarios de la entrada. TrackBack URI
Deje un comentario
Saltos de línea y párrafo automáticos, la dirección de e-mail no se mostrará, HTML permitido: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong>
Noviembre 19th, 2012 @
“Haz bien y no mires a quién… y del mal guárdate”, añaden en el pueblo de mis padres. Nunca se sabe.
Por un momento he pensado que era un homenaje póstumo o algo así, Burdon!! Qué susto me has dado!
Yo nunca he tenido abuela, y además de verdad. Literalmente. Así he salido…
No conocí a ninguno. Soy la hija menor de los hijos menores de mis abuelos, tanto paternos como maternos. Demasiado menor, en definitiva.
Ahora, las llegadas al pueblo en agosto, a 40 y tantos grados a la sombra, y los multitudinarios recibimientos de tías, tíos, primos, primas, etc. etc. emperrados todos en que te hinches a comer sí lo he vivido, sí.
Es entrañable a la par que abrumador, a veces…
En fin… todo esto para decir que por muchos años que pasen, la familia siempre será la familia, y las raíces se llevan dentro muy dentro para bien y para mal.
¿Vas a volver a casa por Navidad o qué?
A ver si nos vemos, si es así.
Un beso!
Noviembre 20th, 2012 @
Así has salido tan chula y resulta tú.
Pues sí, claro que volveré por Navidad, unos días antes y todo. Hay muuuuucho que contar. Un beso!