Las crónicas de Quino (Paseando a Rita Hayworth)
Una fina niebla cubría el puerto. Sólo se oía el rumor del agua chocando contra el muelle y el trajín de un grupo de marineros del Rita Hayworth. El capitán no paraba de mirar su viejo reloj de bolsillo. Metía la mano en el bolsillo del pantalón comprobando la hora una y otra vez. Miraba la hora, luego miraba a lo lejos la oficina central del puerto y luego nos miraba a nosotros. Y así sucesivamente. Hacía aspavientos mientras hablaba con el contramaestre entre susurros. Nosotros ya sospechábamos algo. Se decía que a nuestro capitán le habían confiscado su licencia para pilotar barcos, reteniendo al Rita, en el puerto hasta que aclarasen una serie de irregularidades en los que se habría visto envuelto.
No teníamos mucho tiempo, faltaba poco para que amaneciera y empezara a llenarse el puerto de gente, no había tiempo que perder. Cuando Sananda y yo subimos el último bulto, el capitán avistó a lo lejos las luces de un coche que se acercaba a gran velocidad, fue entonces cuando vi por primera vez abrir a nuestro capitán abrir los ojos de par en par, acostumbrado a verle siempre con ojos suspicaces, los propios de un viejo lobo marino. Fue entonces cuando, dio la voz de alarma después de tanta gesticulación y tanto murmullo.
- ¡Todos a sus puestos!, ¡enciendan los motores!, ¡zarpamos!
El contramaestre se afanó a soltar los cabos mientras nuestro capitán nos empujaba por la pasarela arriba puro en mano.
- Vamos hijos, el tiempo apremia. Nos decía con tono paternal.
Una vez subimos todos abordo, nos asomamos por la borda para ver qué pasaba, era el el presidente del sindicato de trabajadores de los puerto, acompañado por el comisario y sus dos ayudantes. Para entonces nuestro viejo carguero ya había emprendido la marcha lentamente. Lo último que pudimos avistar fue como el comisario agarró un megáfono y empezó a vociferar algo entre resoplidos, algo sobre que detuviéramos el barco, pero para entonces a nuestro capitán ya se le había cambiado la cara de preocupación.
- Arrivederci!
Gritaba un sonriente capitán agitando su pañuelo entre calada y calada. Mientras tanto el contramaestre nos llamó a unos cuantos de la tripulación para darnos las nuevas instrucciones. La mitad de la tripulación se iría a la cama y la otra - entre ellos Sananda y yo - tendríamos que acabar de preparar la mercancía en las bodegas. En total nos quedaríamos el hijo del capitán, que estaba al mando del timón del barco, el contramaestre, el cocinero y nosotros dos. El capitán y el resto de la tripulación descansarían para luego después relevarnos.
Reinaldo, el cocinero, me llamó desde la cocina para que le llevara un café al hijo del capitán que andaba en lo alto de la cabina de mandos pilotando el viejo cascarón. Ray me agarró de la camisa para preguntarme lo que todos nos preguntábamos.
-¿Ya tú sabe adónde vamos mi hijo? Me dijo el cubano visiblemente preocupado.
- No tengo ni idea Ray. Creía que tú lo sabrías.
- Qué va, el capitán esta vez no me ha querido decir nada, y eso que le insistí para saber cuanta comida tenía que comprá pá el viaje. Sino fuera porque pagan bien…
- Ya…
Era realmente extraño, el capitán tenía una estrecha relación el cocinero, y esta vez no le había comentado nada ni siquiera a él. Cada vez me inquietaba más tanto secretismo. Cogí la bandeja con el café y unas tostadas de mantequilla con mermelada y subí a la cabina de mandos. Allí estaba el hijo del capitán, era la segunda vez que le veía pilotar el barco, hacía poco que se había sacado el carnet de piloto. Julito, como lo llamaba el capitán, era el vivo retrato de su padre, pero treinta años más joven. De ojos pequeños y suspicaces como los de su padre, con un extraño acento entre andaluz e inglés puesto que estuvo viviendo unos años en un pueblo de Inglaterra de donde era su madre, dando como resultado una extraña mezcla de acentos.
Qué hay Julio, te traigo café y un bocata.
- Gracias Quino, déjalo ahí al lado, ahora me serviré. Se hace un silencio de varios segundos, Julio clava su mirada en el orizonte. Hasta que asaltado por las dudas, decido romper el silencio.
- ¿Me puedes decir a dónde diantre vamos?, le he preguntado a Ray y ni siquiera lo sabe él. Compréndelo, la tripulación estña inquieta ante tanto secretismo.
Julio desvió por primera vez su atención del horizonte y me mira fugazmente a los ojos.
- Mira a tu izquierda, mira el amanecer. ¿Qué más da saber el destino?
- Bueno… si da.
- Parpaoudou.
- ¿Qué?
- Vamos a la isla de Parpaoudou, una isla griega tan pequeña que ni siquiera sale en los mapas .
Continuará…
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