Marina, Marina, Marina…
Sergi llevaba horas comiéndome la cabeza. - Tienes que acompañarme, tengo que entrarle de alguna manera a Marina. Me decía. Marina era una chica que servía en la barra de un bar del pueblo. Era atractiva, sinuosa como una gata. Morena, de ojos oscuros y cintura de avispa, lucía unos pendientes de aros que atravesaban los lóbulos de sus orejas, como atravesaban sus miradas a los chicos. Estaba acostumbrada a despachar a los chicos entre copa y copa. Valga la redundancia. Pero el morbo que despertaba en Sergi era más fuerte que todo lo que le podían haber dicho de ella, tenía que ir a verla, pero no podía presentarse en aquel bar por las buenas, tenía antes que calentar motores bebiéndose dos o tres jarras de cerveza. Así que me arrastró a una terraza frente al mar, para luego reunir el valor suficiente para lanzarse.
Mientras se pimplaba las jarras como si de agua se tratase, yo me iba tomando a la par mis jarritas, no dejando oportunidad para relatarme las bondades de su dulce Marina. - Que ojos, que sonrisa, que manera de moverse… me tienes que ayudar, tienes que venir conmigo. Me decía una y otra vez. Yo asentía con la cabeza y miraba al horizonte, a la otra Marina. Después de explicarme su plan, porque tenía un plan, pagamos y nos fuimos hacía el bar donde trabajaba Marina. El bar era más bien un antro, donde tipos de mal pelaje se juntaban y trapicheaban cada uno con sus cosas. - Ésta me la debes. Le recodaba mientras subíamos calle arriba, dejando atrás La Pergola.
Una vez llegamos al bar, nos acercamos a la barra a pedirle a Marina unos cacharritos, momento en el cual Sergi aprovechó para tontear con Marina, y preguntarle por si se acordaba de él, ya que no era la primera vez que nos dejabamos caer por allí. Marina se acercó a nosotros apoyándose con los brazos cruzados encima de la barra, riéndole las gracias a Sergi. Estaba exultante. Miré al fondo de la barra y reconocí a un borracho que estaba sentado en el taburete apoyándose en la barra, como Marina, pero con mucha menos gracia. Era Vizcarra, cogiendo una melopea del quince, como de costumbre. Me acerqué a él para saludarle, dejando a los tortolitos revolotear a su aire. Vizcarra era un tipo de estos duros, al menos de apariencia, heavy hasta la médula y excesivo en todas sus costumbres. Pero algo me decía que todo eso era una coraza, tras esa fachada había un tío con sensibilidad, amigo de sus amigos y herido de muerte por algún mal de amores, cosa que nunca me atreví a preguntarle. Intercambié algunas palabras con él, preguntándole por su colega, que por lo visto había ido a cambiarle el agua al canario. Me miraba con los ojos rojos, como hastiado. Le dije que se viniera con nosotros cuando nos fueramos, que le diera el aire, pero se negó en redondo, alegando que ahí estaba bien. Me despedí de él y volví con Sergi esquivando al tumulto.
Cuando llegué me encontré a un niño rubito de estos que se pasan el día callejeando, agarrado a los pantalones de Sergi. En el tiempo que había estado hablando con Vizcarra, ya le había sacado una coca-cola que en ese mismo momento le estaba sirviendo Marina al pequeño brivonzuelo. Mientras el crío se tomaba a morro su coca-cola y Marina nos miraba de reojo a lo lejos, mientras seguía despachando cervezas, me acerqué a Sergi y le advertí que si le daba bola al niño nos sacaría hasta el último duro como nos descuidaramos. Pero a mi enamorado amigo pareció no importarle, había conseguido arrancarle unas cuantas sonrisas y susurros al oído a la indómita Marina. Con eso le bastaba.
Al rato le pedí la cuenta a Marina y le dije que se cobrara la coca-cola del niño. Le pagué con un billete, lo cogió, tecleó en la máquina registradora y sacó un billete para el cambio. Por un momento me hizo un amago para darme el billete, pero se paró para arrugarlo delante de nuestras narices, convirtiéndolo en una bolita para luego cogerme la mano depositando la bolita en ella y cerrándome la mano haciendo un puño con ella. Nos quedamos a cuadros, ¿qué coño estaba haciendo? Y en ese momento de incredulidad, me plantó un beso en los labios, dedicándole luego una sonrisa pérfida a mi buen amigo Sergi. Se despidió de nosotros con un “bye”, y se alejó para sevirle otra jarra a Vizcarra y a su colega. Nosotros nos miramos e hicimos lo mismo, salimos de allí. Uno con el corazón roto, y un servidor convencido cada vez más que no nos engañan, que no está tan claro quién es el bueno y quién el malo. Que más bien nos engañamos a nosotros mismos.
Nota: El videito con la canción no viene mucho a cuento, pero la canción de Marina de los Gipsy Kings siempre me gustó. Ah, la historia tiene moraleja, o algo así.
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