El Jergón

Hasta la vista my friends…

Marina, Marina, Marina…

Archivado en: Relatos, Cosas que pasan — Noviembre 11, 2007 @

Sergi llevaba horas comiéndome la cabeza. - Tienes que acompañarme, tengo que entrarle de alguna manera a Marina. Me decía. Marina era una chica que trabajaba tras la barra de un bar del pueblo. Era atractiva, sinuosa como una gata. Morena, de ojos oscuros y cintura de avispa, lucía unos pendientes de aros que atravesaban los lóbulos de sus orejas, como atravesaban sus miradas a los chicos. Estaba acostumbrada a despachar a los chicos que se le acercaban para tirarle los trastos como a despachar copas. Pero el morbo que despertaba en Sergi era más fuerte que todo lo que podían haberle dicho de ella. Tenía que ir a verla, pero no podía presentarse en aquel bar por las buenas, tenía que calentar motores antes bebiéndose dos o tres jarras de cerveza. Así que me arrastró a una terraza frente al mar, para luego reunir el valor suficiente y lanzarse a por la chica.

Mientras se pimplaba las jarras como si de agua se tratase, yo me iba tomando a la par mis jarritas, considerablemente más pequeñas, mientras escuchaba por boca del enamorado las bondades de su dulce Marina. - Qué ojos, qué sonrisa, qué manera de moverse… me tienes que ayudar, tienes que venir conmigo. Me decía una y otra vez. Yo asentía con la cabeza y me quedaba contemplando el mar, a la otra Marina. Después de explicarme su plan, porque tenía un plan, pagamos y nos fuimos hacia el bar donde trabajaba la chica. El bar era más bien un antro, donde tipos de mal pelaje se juntaban y trapicheaban con sus historias. - Ésta me la debes. Le recordé a Sergi mientras subíamos calle arriba.

Una vez llegamos al bar donde trabajaba, nos acercamos a la barra a pedirle a unos cacharritos, momento en el cual Sergi aprovechó para tontear con Marina y preguntarle por si se acordaba de él, ya que no era la primera vez que nos dejábamos caer por allí. Marina se acercó a nosotros apoyándose con los brazos cruzados encima de la barra, dejando entrever su generoso escote, mientras le reía las gracias a Sergi. Sergi para entonces no estaba para nadie más que para la camarera. Mientras hacia un poco de tiempo, miré al fondo de la barra y reconocí a un borracho que estaba sentado en un taburete, apoyado en la barra, como Marina, pero con mucha menos gracia. Era Vizcarra, llevaba una melopea del quince, como de costumbre. Me acerqué para saludarle, dejando revolotear a los tortolitos a su aire.

Vizcarra era un tipo de estos duros, al menos de apariencia, heavy hasta la médula y excesivo en todas sus costumbres. Pero algo me decía que todo eso era una coraza. Tras esa fachada había un tío con sensibilidad, amigo de sus amigos y herido de muerte por algún mal de amores, cosa que nunca me atreví a preguntarle. Intercambié algunas palabras con él, preguntándole por su colega, que por lo visto había ido a cambiarle el agua al canario. Me miraba con los ojos irritados y brillosos. Le dije que se viniera con nosotros cuando nos fuéramos, que le diera el aire, pero se negó en redondo, que ahí estaba bien. Me encogí de hombros y despedí de él para volver al rescate de Sergi, antes de que me lo embrujara más la camarera de mirada felina.

Cuando llegué me encontré a un niño rubito de estos que se pasan el día callejeando agarrado a los pantalones de Sergi. En el tiempo que había estado hablando con Vizcarra, ya le había sacado una coca-cola. Mientras el crío se tomaba a morro su coca-cola y Marina nos miraba de reojo desde la otra punta de la barra, me acerqué a Sergi y le advertí que si le daba bola al niño nos sacaría hasta el último duro como nos descuidaramos. Pero a mi enamorado amigo no le pareció importarle, había conseguido arrancarle un par de sonrisas y susurros al oído a la indómita Marina. Con eso le bastaba.

Al rato le pedí la cuenta a Marina y le dije que se cobrara la coca-cola del niño. Le pagué con un billete, lo cogió, tecleó en la máquina registradora y sacó un billete para el cambio. Por un momento me hizo un amago para darme el billete, pero se paró para arrugarlo delante de nuestras narices, convirtiéndolo en una bolita para luego cogerme la mano depositando la bolita en ella y cerrándomela haciendo un puño con. Nos quedamos a cuadros, ¿qué coño estaba haciendo? Y en mitad del desconcierto, se acercó a mí por encima de la barra y me plantó un beso en los labios, dedicándole una sonrisa pérfida a mi buen amigo Sergi. Se despidió de nosotros con un escueto “bye” para marcharse a la otra punta de la barra a servir a más gente. Sergi no supo qué hacer, si montarle un pollo a la chica por despecho o montármelo a mí.

Salimos de allí sin despedirnos. Uno con el corazón roto, desengañado por fin, y un servidor intentándose limpiar los restos de carmín en los labios con sabor a fresa. La perfidia sabe a fresa.



1 comentario »

  1. Vuelve el folk-rock y la psicodelia de The Coral | El Jergón:

    […] Marina, Marina, Marina. […]

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