El Jergón

Delirios musicales y otras Milongas

Los pachochos

Archivado en: Relatos, General — Diciembre 17, 2006 @

mamas Jandro estaba preocupado. Pasará las navidades en Aldeacentenera, el pueblo de los padres de Maite, su novia. Jandro y Maite son una joven pareja que vive en Madrid, acostumbrados a una vida cosmopolita. A Jandro, relaciones públicas de un conocido local madrileño, no le hace ninguna gracia pasar las fiestas en un pueblo perdido en el campo cacereño, adora su ciudad. Su Plaza Mayor, su Tío Pepe, su Gran Vía… pero esta vez no tiene excusa, las navidades pasadas pudo eludir la visita al pueblo de su novia porque recién habían empezado la relación, pero estas navidades eran distintas. La familia de Maite - Maritere para la familia- lleva tiempo insistiendo con el tema de pasar las navidades en Aldeacentenera, todos juntos.

- ¿Todos juntos Maite?, ¿el pueblo entero me quiere conocer?
- Me refiero a la familia, ya sabes, mis padres, mis abuela, los tíos, los primos…
- Vale, vale, lo que digo yo, todo el pueblo. Genial.
- No empecemos Jandro, no empecemos… llevamos dándole largas a este encuentro desde hace tiempo, no podemos fallarles.

Discusiones como ésta se repetían con frecuencia a medida que se iba acercando el día “D”. Hasta que llegó el día “D”. El día de Nochebuena nada más salir del trabajo Maite, cogieron las maletas y partieron por la tarde hacia Extremadura. El viaje en coche fue todo un cúmulo de despropósitos.

- Habrá llegado la luz y el teléfono al pueblo de tus padres, digo yo… ¿Al menos podremos ver las campanadas en la tele del bar del pueblo, no?
- No te estoy haciendo caso, no hace falta que insistas.
- Si es sólo por curiosidad mujer. Por cierto, ¿cómo decías que los llamaban de mote a los del pueblo?
- Y dale… los pachochos.
- Me encanta el gentilicio popular. Tendré que preguntarle a los aldeanos, es decir, a los pachochos, de dónde les viene ese mote. Que auténticos…

La noche les alcanzó en la carrera con sol hacía occidente. El sol rumbo a New York con sus rascacielos, sus luces navideñas, sus papa noeles haciendo jou jou jou, la gente patinando cogida de la mano, como en la películas… ¿y ellos? camino de Aldeacentenera, Pachocholandia para los amigos. Hasta que por fin llegaron al pueblo. Nada más entrar, empezaron a sonar las campanas de la iglesia. Eran las campanadas de las nueve.

– ¡Mira cariño, nos reciben como a los reyes! Exclamó Jandro, en un intento de quitarle hierro al asunto.
– Mira que eres bobo… Le respondío Maite mirando para otro lado con los brazos cruzados.

Algunos vecinos saludaban a Jandro y a Maite sin saber estos, ni siquiera Maite, quién era toda esa gente que los saludaban sonrientes. Después de callejear según las indicaciones de Maite por unas calles aún más serpenteantes que la carretera, Maite cogió del brazo a Jandro para indicarle que aquella gente que esperaba de brazos cruzados frente a una de las casas era su familia. Habían llegado a casa. Aparcaron a un lado y salió la familia al completo a su encuentro, Concha, la madre de Maite, iba vestida para la ocasión pero abrigada con el batín de estar por casa, al igual que la abuela, esta última con la recámara lista para soltar su ráfaga de besos. Curiosos modelitos los suyos. El padre de Maite llevaba un palillo en la boca y el compadre de éste otro palillo con el que jugaba a voltearlo una y otra vez con ayuda de la lengua, algo que puso de los nervios a Jandro. ¿A qué se pincha éste?… pensaba para sus adentros.

- ¡¡Muamuamuamuamua!!
- ¿¿??

Demasiado tarde para Jandro, había sido alcanzado por los besos metralleta de la abuela, consiguiendo descolocar a éste, que había perdido la concentración con el número del palillo.

- ¿Este es el mozo no Maritere?
- Sí, sí abuela, este es mi mozo
. Responde divertida.
- Mira que es guapo el jodío… anda, pasar pa adentro que tengo la camilla preparada con el brasero, así entráis en calor.

Una vez hubo presentado Maite a Jandro al resto de la familia, cogieron el equipaje y los paquetes con regalos y entraron a casa. Y allí se encontraba Jandro, rodeado de gente que no paraba de preguntarle cosas de sus vida en la capital, de futbol, trabajo, política… los cuñados, las hermanas, los sobrinos de Maite correteando por casa, la abuela friendo lomo empanado sin parar, haciéndole una montaña en los platos de los invitados. - Pero come chico, ¿no tienes hambre?, te veo paliducho. Le decían llenándole por enésima vez la copa de vino. La cena, los postres, el café, los mantecados, el turrón… Jandro estaba pensando en llamar a los artificieros, iba a explotar de un momento a otro. Después de más de tres horas rajando y comiendo, Maite le hizo una sutil seña a Jandro para luego decirle a la familia que se retiraban a descansar. Jandro, rojo como un tomate para entonces, tardó en reaccionar. Entre el brasero de la camilla y la cena de Obélix y sus veinte primos, no estaba para sutilezas.

La abuela les mostró su habitación, una habitación con dos grandes camas, una para cada uno. Los dos se miraron cómplices y resignados con lo que les había tocado mientras que la abuela se afanaba en contar cuantas mantas había puesto a cada uno de los catres.

- Gracias abuela, está todo perfecto. Le cortó Maite para que no se preocupara más.
- Pero espera, espera niña que todavía no os he enseñado esto…

Se agachó a mirar debajo de una de las camas y sacó dos orinales. Les recomendó que los usaran si en mitad de la noche sentían la necesidad de usarlas puesto que el cuarto de baño estaba en el patio. Demasiado lejos y demasiado frío como para ir en mitad de la noche. Dicho eso, le dio un par de besos a su nieta y se marchó rondinando cosas ininteligibles por el pasillo. El campo de batalla que habían dejado sus nietos era dantesco. Jandro y Maite empezaron a desvestirse, pero Jandro no hacía otra cosa que pensar en el uso del orinal.

- ¿Y esto como se hace?, quiero decir, ¿si tuviera ganas de mear, cómo sujeto esto? Tanta puntería no tengo para colocarla en el suelo y…
- Y yo que sé… ¿fuiste al baño cariño? Mira que como tengas que usar el orinal.. hace demasiado frío como para salir allí afuera.
- Sí, ya fui antes, ¿y tú?
- También, también…
- ¿Y no se te olvida nada?

Jandro quedó sentado en su cama, observando como se desvestía su novia y, con mirada picarona, se acercó a ella y la estiró en la cama boca arriba. La besó sujetando sus brazos por las muñecas.

- Queda usted detenida señorita Maritere. No se resista a la autoridad, que traigo la porra conmigo…
- Guarda la porra mi general, que aquí estamos flanqueados por la guardia de la moral. Mis padres en la habitación de la izquierda y mi abuela en la de la derecha… mi abuela tendrá sus achaques, pero el oído lo tiene finísimo.

Jandro desistió de su exhaustivo cacheo y le dio un beso en los labios a Maite. Se acostaron cada uno en su cama, arropándose hasta las cejas, hasta que cayeron en brazos de Morfeo.

A media noche, Jandro volvió al mundo de los vivos, tenía ganas de orinar. Se encontró con la situación que temía horas antes. Se levantó de la cama y se puso a buscar a tientas el orinal, descartando la idea de encender la luz para evitar que se despertase Maite. Cuando lo encontró, lo colocó en mitad de la habitación y sacó su instrumento. El problema es que así a oscuras, no veía un pijo, ni siquiera el suyo. Hasta que se le ocurrió la genial idea de coger el mechero de su pantalón. La idea era alumbrarse con el mechero, para poder apuntar hacía el orinal. Pero la suerte no estaba con él, el mechero no funcionaba. Fue entonces cuando se acordó de que tenía una caja de cerillas en el abrigo del local donde trabaja. Cuando la encontró, pensó paso a paso la operación a realizar. Tenía que situarse en medio de la habitación frente al orinal en el suelo, con la churro afuera… luego dispondría de poco tiempo, encender la cerilla, tirar la cajetilla de cerillas a la mesita, sostener la cerilla prendida a modo de vela con la mano derecha mientras que con la izquierda apuntaba con su instrumento hacía el orinal y, a descargar mi general. Una idea completamente factible a su entender. Probó a encender un par de cerillas sin éxito, rascando una y otra vez, hasta que lo consiguió con la tercera. Fue entonces cuando hizo lo que había ensayado mentalmente, tiró la cajetilla, sostuvo la cerilla con los dedos de la mano derecha y con la otra, lo otro… apuntar y… ¡SE HIZO LA LUZ!
La abuela abrió de par en par las puertas de la habitación alertada por los chasquidos de las cerillas y se encontró con la escena. Quedaron los dos por un segundo paralizados hasta que Jandro acertó a decir; - Feliz Navidad. Con cara de pasmado. Y fue entonces cuando la abuela echó a gritar por el pasillo, a esto que Jandro acabó por quemarse con la cerilla, y se puso a aullar de dolor.

El resto es historia. Maite se despertó sobresaltada, sus padres también, y entre el bochorno y las explicaciones, todo quedó en un susto. La madre de Maite hizo tilas para todos. Al rato, Maite y Jandro salieron a tomar el fresco al patio, todavía con el pijama, abrigados con sus trencas, y quedaron en silencio, abrazados para entrar en calor. Se quedaron embobados mirando el cielo más estrellado que habían visto en mucho tiempo.

- Mira, Maitetxu, Casiopea. Señalando Jandro con su dedo índice hacía el cielo.
- Mira Jandrito mío… Casiomea. Buscando por debajo de la trenca.

A eso que escucharon un rebuzno atronador que provenía del corral de al lado, y echaron a reír. Y entre risas y achuchones, pantuflas y trencas, volvieron adentro. Como la trucha al trucho, queriéndose mucho.

Fin

3 comentarios »

  1. La pelirroja en Estambul:

    Buenos días! he desayunado con tu relato :) Tengo que decir que estás en muy buena forma (creativa), buen punto! todo me recuerda a las Navidades que tuve que pasar yo en el Pontón con la familia del chico con quien salía entonces, hace ya mil años :D

    Gracias!

  2. Adrià:

    Muy bueno burdón, creo que a partir de ahora te exigiremos que escribas más como este.
    Lo del orinal nunca lo he intentado, pero entiendo que debe tener su técnica y me hizo reír lo de los besos metralleta de la abuela….conozco alguna y en vez de besarte, parece que te estén succionando (será por falta de dientes) siempre temo que me arranque un trozo de mejilla!.

    Cuídate y que pases muy buenas fiestas de parte de todos los puntos!…

    Se escapo barbarito!…es que aún me río con esto….soy simplón..:-)

  3. burdon:

    Pelirroja, es que este tipo de navidades las habrá pasado más de uno, este tipo de encuentros navideños con anécdotas varias. Tipo el padre de la novia. ¿En buena forma yo? ¿hace mil años, tú? ¿Que tampoco somos tan viejos eh? :cool:

    Buenas tardes pelipetirroja, y gracias las que tú tienes, maja. :D

    Sí,sí Adrià, poca broma con lo del orinal, y más si es de loza. Esta parte es un poco autobiográfica, experiencia personal, ejem :???: todo un arte vaya. Lo de los besos metralleta es algo ya generalizado en las abuelas, debe ser que quieren darte todos los besos que atrasados que no te han podido dar.

    Por cierto, que sepáis que Aldeacentenera y el mote que tienen “los pachochos” es todo verídico, ¿eh? no me lo he inventado, eso sí, si algún aldeano se encuentra con este escrito espero que no se moleste que lo escribí todo de buena fe.

    Cuidaros vosotros también Puntos, y a pasar buenas fiestas. Y sí, yo también me río con cosas tan simples como lo de Barbarito, son puntos débiles de uno, que por mucho que lo escuches no deja de hacerte gracia, jeje.. un abrazo!

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