Crónicas dispersas de un catalán en Madrid

No hace mucho, aprovechando el tiempo libre del que dispongo para poner en orden los cajones de mi habitación, me topé con un plano de Madrid que está casi a estrenar. Lo compré la última vez que estuve allí, justo antes de partir. ¿Que tontería no?. Comprar un plano justo cuando te marchas. Recuerdo que era un domingo, el día había sabido nublado y las horas eran indecentes. A esas horas uno debería estar durmiendo el tartarishi de la otra noche. Pero no, las circunstancias mandaban y ahí estábamos, dando bandazos por Moncloa, dando un paseo por un vacío a la par que inquietante Madrid.
Si hay una calle que conozco, esa es la calle Fuencarral. Es la calle que normalmente me ha hospedado en todas mis visitas a la capital. Fuencarral está llena de gente de lo más variopinta, tirando a fashion. Linda con Chueca y en ella y las otras calles colindantes se pueden encontrar muchas tiendas o locales para magos. Caminas un poco y cuando te quieres dar cuenta ya estás en la Gran Vía, tú y una marabunta de gente como tú que no para de subir y bajar por la gran avenida de un lado para otro. Normalmente solía tirar o hacía la derecha, Gran Vía abajo, en busca de la Plaza España, o de frente, pasando por el bulevar de la carne, haciendo caso omiso a los silbiditos, derechito a la Puerta del Sol para quedar con alguien. O no. Saludos a Tio pepe, a el oso y el madroño y al museo del jamón. Todo sigue igual. Una vez allí, solía coincidir con la hora del vermú, momento en el que nos buscábamos un barecillo de estos palilleros, de estos de vinito va vinito viene, hasta ponernos pintones. Luego, no sé muy bien cómo, pero siempre solía dar un garbeo por la Plaza Mayor. Era algo matemático lo de acabar allí, muchas veces sin querer, en la misma plaza de los… ¿ciudadanos?.
Recuerdo que cerca de la Plaza Mayor entramos una vez en un bar, de estos especializados en hacer unos bocatas de calamares de la hostia. De esos donde tiras las servilletas al suelo y todo tipo de pringue o desperdicio. De los auténticos. Nada más entrar uno de los de la barra reconoce el nombre del grupo que llevo escrito en la camiseta. “Los enemigos”, con su porrón-guitarra y todo. Jodó, pues es de las pocas veces que han reconocido al grupo. En otra ocasión, allá por el norte, el dueño de un conocido bar al ver la misma camiseta improvisó una cantinela sobre los enemigos. Todo sin tener ni repajolera idea de quienes eran, por supuesto. Pues lo que decía, por lo visto era un sitio frecuentado por el Josele y compañía, de ahí que los conocieran.

La Gran Vía
Otras de las visitas obligadas de todas las que he hecho a la capital es el parque del retiro. Siempre ocurre algo interesante en el Retiro. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo visité, fue con mi familia, íbamos como a la conquista del oeste. El día de nochebuena, a las 8 de la mañana por el retiro con un frío del copón, filmándolo todo con la videocámara, con las manos en los bolsillos, muertos de frío, haciendo monerias varias delante de la cámara y alucinando al ver el agua helada del estanque, y a un pato patinar por encima. Y a un vendedor de barquillos, y a un corredor encogido de frío haciendo footing del cual nos partíamos la caja… y qué sé yo, todo nos parecía especial, era la primera vez que visitábamos Madrid.
Pero volviendo un poco más al presente -que ya es pasado- recuerdo cuando me enseñaron el barrio de Malasaña, me habían hablado mucho de él, pero lo que vi no me acabó de convencer. Sería que era agosto o que toda aquella movida de años atrás había desaparecido, no sé. Lo que si que me sorprendió es ver en otras zonas del centro, la movida que hay en las calles, todos pribando como cosacos, a las puertas de los locales para más recochineo -para los propietarios claro- a un lado y otro de las calles. Esto en Barcelona resulta impensable. O al menos la Barcelona que yo conozco.
La estación de Atocha y la de Chamartín. Las dos son jodidamente grandes. Todavía no sé como no he perdido en ellas. O el barrio de Hortaleza con sus numerosos bares musicales. Uno de los que más gracia me hizo es el de los grifos, lleno de tuberias y grifos de todo tipo. La casa de campo, el Palacio de Oriente(del cuál casi me fichan por querer entrar en él con un arma blanca en la mochila sin yo acordarme de ello). Y la zona cercana al Santiago Bernabeu, y las despedidas después de unos días de fiesta, cogiendo un autobus sin saber a ciencia cierta donde me dejaría. O mis desventuras en el metro de madrid, siempre esperando ver aparecer los vagones por el lado equivocado. Mis dos referencias más fiables para orientarme por Madrid eran las torres inclinadas de Plaza Castilla y el Pirulí. Santa rita rita, que se queden donde están.
Y qué decir de los paseos por La Latina un domingo por la mañana, y ya de paso una visitilla al rastro. Comiendo por última vez y pensando en las cosas nuevas que había visto o había aprendido. Y luego las despedidas, dejando Madrid montado en un tren, con el inevitable momento Papuchi, (momento raaaaro, raaro, raro..) o en coche, viendo la infinidad de anuncios publicitarios que se amontonan a un lado y otro de la autovía. Las estaciones de servicio, las ciudades dormitorio, el enjambre de cables eléctricos, de postes de la luz, de vías que se retuercen, de entradas y salidas, de cambios de sentido… como la vida misma.
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