El Jergón

Delirios musicales y otras Milongas

Cadaqués

Archivado en: Observatorio, General — Agosto 15, 2005 @


Una de las muchas vistas que se podían avistar desde uno de los muchos miradores del pueblo.

Dalí pintó muchos de sus cuadros en Cadaqués, el pueblo donde nació. Seguramente aquel lugar le ayudaría a la hora de inspirarse. A mi me ha pasado. Sólo hay que sentarse un rato y ver lo que te rodea.

Sentado en uno de los miradores del pueblo costero, tengo enfrente de mí unas casas viejas que encalan cada año de blanco para conseguir ese bonito contraste con el azul del cielo y del mar. Saco la botella de agua, bebo un trago y observo. Veo a unas francesitas de unos once u doce años riendo sin parar. Cantan cantinelas de su país inintelegibles, corretean descalzas por el paseo. Una de ellas le quita algo a la otra y echan a correr escalinatas abajo hasta una de esas pequeñas calas. Se zambullen en el agua y desaparecen. Levanto la mirada y veo a un tipo aparcar su bicicleta enfrente de mí. Ata su bicicleta a una pilastra con su candado y baja por las mismas escalinatas que hace nada bajaron las niñas. El tipo debería tener mi edad, llevaba la camisa magullada y los pantalones sucios. Seguramente se cayó por algún terraplén. Se quita la camisa, los pantalones y sus gafas. Moja sus pies hasta las rodillas y se queda mirando al orizonte completamente absorto. Acaba zambulliéndose también en el agua. ¿Qué tendrá el Mediterráneo?.

Miro hacia atrás, como quien no quiere la cosa y vuelvo a perder la vista, esta vez mirando al cielo. Las gaviotas se pelean con las palomas por el espacio aéreo, mezclándose los graznidos de unas con el murmullo de las otras. Está anocheciendo, las luces del pueblo empiezan a iluminar las casas dándole un aire mágico al lugar. Vuelvo a ver a las niñas por el paseo, me miran entre risotadas y siguen con sus juegos. No paran de dar brincos haciendo la rueda, emulando a los funambulistas. Al final de tanto observar el paisaje acabo estirándome en el pequeño muro que separa el paseo del acantilado. Mundo olvidaros de mí, que yo me quedo aquí. Denme unas gambitas, una tapita de chipirones, un caña, o un ron cremat. La gente me mira extrañada, creerán que voy ya borracho. Parece que debe ser pecado mortal estirarse en un lugar público. Pero es lo que digo yo, peor sería que estuviera delinquiendo por ahí…

Sonido New Orleans, guiris enchancletados, (pero sin calcetines, por favor). Rumor de mar, sabor de antaño. Tapitas del Mediterráneo, silencios compartidos y amiga prisa, si te he visto no me acuerdo.

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