Made in Brasil
No hay nada que me de más coraje que no poder controlar mis nervios, lo odio. No hace mucho, volvieron a traicionarme los nervios. Sería por la ocasión, la responsabilidad o algo, pero fui un manojo de nervios descontrolados cuando los que tenía enfrente eran buena gente. Acababa de tomar un café en casa y al momento me invitaron en la reunión a un nuevo café. Tuve serios problemas para echarme el azucar en el café, dentro de la taza quiero decir. Otro cantar era sujetar la taza en el aire sin que vertiera el negro líquido excitante, ¡no podía!. Tenía que sujetar la taza con las dos manos para tomármelo. Lo curioso es que esto no me pasa con todo el mundo, sólo que a veces el subconsciente me traiciona y como ya he dicho, me da mucho pero que mucho coraje.
Todavía recuerdo cuando en una de las revisiones médicas que hacían en mi antigua empresa me dijo la chica que era muy nervioso, que al hacerme las pruebas de mirarme las pupilas tenía unos leves tics. Yo le dije con sorna que no eran tics, que sólo le estaba guiñando el ojo. Vamos, que decía que en un futuro no muy lejano podría convertirme en un Quim Monzó, lleno de tics por todas partes. Aunque no le di mucho crédito a la guasona de la doctora, también me sacó que tenía una cadera más levantada que otra. Curiosamente, al resto de compañeros le sacó el mismo problema de cadera. Seguramente no nivelarían bien la unidad móvil.
Los nervios, el café, y Bahía. No tiene nada que ver una cosa con la otra, o tal vez sí, pero me viene a la mente la maravillosa escena que protagonizó Donald en los tres caballeros. José Carioca invitó a el pato Donald a que visitara su país, concretamente a Bahía, tierra de ensueños y de sugerentes cadencias. La artista invitada era Aurora Miranda, hermana de la famosa Carmen Miranda, se podría decir que era la musa de Bahía y representante de Brasil en aquella película de los años cuarenta, donde mezclaban actores con dibujos animados. Aurora enamoraba con los ojitos al patito, con aquellos guiños que lanzaba, baiblando la samba alrededor de una increíble coreografía de bailarines, sus cánticos coloristas y su desbordante simpatía. Donald se enamoró de su encantadora anfitriona, le daba un ataque de ansiedad al ver como los mozos del lugar intentaban arrebatarle a su musa, explotando de felicidad cuando Aurora le acariciaba el pico. Con café o sin café, con nervios o sin ellos, siempre se agradece que te traten bien.

Hablando de los encantos de Brasil. He descubierto gracias a Txarly un grupo brasileño de rock (diríamos que psicodélico?) de finales de los sesenta, Os mutantes se llaman. Tienen unas canciones que son muy agradables de oír, por esa base de samba y esos puntos rockeros con las guitarras eléctricas. Unas de sus canciones más conocidas y divertidas es A minha menina. Mezclaban la samba y la bossa-nova con la psicodelia el pop y el rock, muy originales. Colaboraron con Caetano Veloso y Gilberto Gil en su momento. Diría que Os mutantes podrían haber sido muy bien lo que fueron Veneno para la fusión del flamenco con el pop, una mezcla genial de la música típica brasileira con el pop rock anglosajón. También gracias a Txarly he descubierto a The Shins, un grupo de power pop que tiene firman canciones tan geniales como So says I o Figthing in a sack incluídas en su último trabajo “Chutes to narrow”. Vivan las melodías contagiosas y el nervio bien canalizado.

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