La granja
Lo más cerca que estuve de vivir en una granja fue en una visita a un pueblecito perdido de Segovia. Fue hace muchos años. Unos amigos de mis padres nos invitaron a toda la familia a pasar unos días en su casa. Recuerdo que mientras íbamos en coche, leíamos con especial atención todos los letreros, no fuera a ser que nos pasáramos de largo. Aquellas tierras estaban envueltas en una densa niebla que impedía ver el horizonte. Las casas de los alrededores parecían abandonadas, como si estuvieran en mitad de una hibernación. Al cabo de unos cuantos kilómetros más leímos el nombre del pueblo en un letrero. - ¡Por fin! Exclamamos todos. Aquello ya empezaba a parecerse a un viaje a ninguna parte. Vimos unas cuantas casas desperdigadas a los dos lados de la carretera, aquello no podía ser el pueblo, sólo eran cuatro casas de nada. Avanzamos un poco más y en el siguiente cambio de rasante nos encontramos con otra inmensa llanura. No podía ser, ¿aquello era el pueblo?
Dimos media vuelta y retrocedimos hasta llegar a la altura de aquellas casas. Efectivamente, aquellas cuatro casas eran el pueblo que buscábamos. Al momento, un chico nos hizo unas señas con la mano al pie de una casa. Era Lolo, el hijo de nuestros anfitriones. Nos presentamos ante él y nos llevó hasta su casa. Recuerdo que cuando me estrechó la mano me la zarandeó con más fuerza de la que estaba acostumbrado. En la puerta de la casa nos recibieron sus padres y sus otros dos hijos. Los hermanos de Lolo eran como él, fuertes, de espaldas anchas y con unos coloretes en las mejillas muy propios de la gente de campo. El padre tenía un rostro marcado por el tiempo de aquella zona, tenía una cara áspera. La madre en cambio, era lo más parecido a una santa. Tenía que serlo a la fuerza. Tener que hacerse cargo de que su marido y sus hijos siempre llegarían a casa con las botas llenas de barro. Al vernos ahí plantados de brazos cruzados nos hizo entrar a todos para adentro para encender las brasas de la mesa camilla. El frío de aquel lugar me estaba calando los huesos.
No recuerdo mucho más de aquellos días. Que la casa era humilde, que el padre era severo con sus hijos a la hora de mandarles las tareas de la granja. Dar de comer a los cerdos, a las gallinas, ordeñar las vacas a horas indecentes… Recuerdo como mientras estaba arropado en mi cama, escuchaba a Manuel hablarles en voz baja a sus dos hijos mayores, encomendándoles las tareas del día de buena mañana. Un montón de tareas que tenían que hacer y que hacían sin poner ni una sola queja. Tan sólo el pequeño de unos 8 años o así, se quejó una vez porque quería quedarse más tiempo en casa jugando con nosotros. Manuel, su padre, le dedicó una mirada de estar acabándosele la paciencia que daba miedo. En nuestra visita nos dio tiempo a ver Segovia, el acueducto, el famoso restaurante Cándido, el centro histórico… y el tiempo, que tiempo más gris, era cómo si invitase al recogimiento en las casas. Creo que las pasaría canutas en una granja. Nada que ver con el invento televisivo de Antena 3. Ahora que lo pienso, me apetecería dar una vuelta por Segovia. Más que nada por saber si el acueducto me sigue pareciendo tan monumental como entonces.
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Octubre 15th, 2007 @
[…] Como por ejemplo, qué me rondaba por la cabeza en octubre del 2004. Por esas fechas escribí un post llamado La granja donde relataba (todavía no sé porqué) mis impresiones sobre lo más cerca que he estado de vivir […]