El Jergón

Delirios musicales y otras Milongas

Paseando a Miss Pini

Archivado en: Relatos, General — Julio 14, 2004 @

Calella de Palafrugell por Agell.

Pini me pidió a gritos que la invitara a unas sesiones de relajación, así que la cogí de la mano y me la llevé a Calella de Palafrugell, un pintoresco pueblo de la costa brava. La decisión de llevármela a algún lado fue dicho y hecho, ocurrió todo tan rápido que nos fuimos a las cuatro de la tarde, con toda la fuerza de la calor. Apenas mediamos palabra en todo el viaje, el destino era un secreto.

Después de poco más de una hora de viaje llegamos al centro del pueblo pasando por el bonito paseo marítimo que tiene. Dejé el coche donde pude y nos fuimos en busca de una terraza a la fresca. No tuvimos que andar mucho hasta encontrar la primera terraza, y allí nos quedamos, pudiendo elegir entre un montón de mesas libres. La sombra que nos cobijaba era la que nos daba una parra que se había enredado caprichosamente con el paso de los años en unos alambres. Era una buena sombra puesto que dejaba que corriera la brisa del mar calle arriba. Nos pedimos unas cervecitas bien frescas y algo para picar. La cara de Pini era todo un poema, los zapatos la estaban matando. Decidimos que después de las cervezas buscaríamos en las tiendas del pueblo unas espardenyas, el calzado típico de aquí. Las espardenyas son unas zapatillas de tela con la suela de esparto, son cómodas, nunca pasan de moda, y lo mejor de todo, son baratas. Mientras charlamos de nuestras cosas nos fijamos como al otro lado de la calle jugaban unos niños a ladrones y ministros. Uno de los niños se quejaba que estaba harto de ser ministro.

Cuando nos levantamos de la terraza ya era la hora en la que volvían a abrir las tiendas, y allá nos fuimos, “en busca de la espardenya perdida”. Pasamos por la plaza del pueblo echando a suertes que calle escogeríamos primero para buscar una tienda donde vendieran espardenyas. Salió elegida la calle estrecha de los geranios. La calle estrecha de los geranios era preciosa. Los balcones de las casas lucían geranios en sus tiestos colgantes, el blanco de las paredes contrastaba con el azul intenso del cielo, bonita estampa, sino fuera porque a Pini se le atascaba la punta de un tacón entre las miles de piedrecitas que sembraban la calle. La tenía que coger del brazo para que no cayera, pero si tropezaba lo hacía con una gracia sin igual estabilizándose luego como si nada. Al rato avistamos una tienda de estas para turistas donde tenían expuestas una serie de zapatillas, entre ellas se encontraban las típicas espardenyas. Pini sólo tuvo que escoger el color y el número, yo me encargué del resto. De camino a la playa le dije que a Pini que ya no hacía falta que me cogiera del brazo, ahora podía moverse a placer. No me hizo ni caso, al contrario, cambió de tema contándome que en su país los pibes para ligarse a las pibitas hacían un juego de miradas mientras enseñaban las paletas delanteras de los dientes, mordiendo así su labio inferior. Instintivamente recogí el dato al vuelo y usé el sistema con el primer grupo de muchachas que se nos cruzaron por la calle. Las pobres al ver mis levantamientos de cejas y mis paletas de conejo me miraron con cara entre de asco y asombro, se agarraron fuertemente unas a otras y aligeraron el paso. Evidentemente tenía que practicar más el levantamiento de cejas.

Al llegar a la playa nos descalzamos y dimos un paseo por la orilla del mar. Pini empezó a contarme mil y una cosas de las costumbres de allá y de acá. Yo de vez en cuando aportaba datos insulsos como comentar el precio de los zumos Fruco, demostrando una vez más lo mal amueblada que está mi cabeza. Y así, entre un café por aquí y un heladito por allá, la noche se nos echó encima. Esa misma noche actuaban un conocido grupo de habaneras en la playa. Los vecinos de otros pueblos se acercarían a la playa de Palafrugell para escuchar el canto cadencioso de las habaneras. Invité a Pini a que se sentara en la arena con el resto de la gente mientras iba al puesto donde hacían cremats para todos. El cremat es una bebida caliente a base de ron, café, piel de limón y azúcar que se flambea hasta la casi completa combustión del alcohol. Cuando volví con los dos cremats la playa ya estaba literalmente ocupada por cientos y cientos de personas que aguardaban que empezaran las habaneras. La brisa de la noche se agradecía, las habaneras y el cremat fueron unos ingredientes que servían como colofón para la sesión de relajación de Miss Pini.

¿Te apetecería dar un paseo virtual por Calella de Palafrugell?. Pues avanti.

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