El Jergón

Delirios musicales y otras Milongas

Memorias gatunas

Archivado en: Observatorio, General — Junio 6, 2004 @

gatoescondido1.jpg ¡Zape! Así es como ahuyentaba mi abuela a los gatos que se acercaban al patio de su casa. En los pueblos los gatos saltan por entre los tejados buscando la mejor guarida para criar. El cuarto donde hacía el picón mi abuela era un lugar idóneo para que las gatas parieran, de ahí a que mi abuela ahuyentara a menudo a las gatas al grito de zape.

Sé de un par de niños que jugando en el balcón de su casa con su gato, en uno de los forcejeos se les escapó el gato cayendo así desde una tercera planta. Los niños se asomaron aterrorizados a la calle pudiendo comprobar una vez más que los gatos siempre caen a cuatro patas. El título de aquella escena podría haberse llamado, “Murieron con las patas puestas” . Pero no, no preocuparse por el gato, supongo que debió gastar una de sus siete vidas, pero sobrevivió. Al recuperarse del impacto actuó sabiamente, salió por patas de allí.

El primer gato que tuve no fue un gato, sino una gata, una siamesa que recogimos de la calles del pueblo. Nunca habíamos tenido una mascota en mi familia, Remi, que era así como se llamaba, se empeñó en querer dormir en la habitación donde dormíamos mis hermanos y yo. Yo tenía cierto reparo a que la gata se quedase a dormir con nosotros sabiendo lo afiladas que tienen las uñas estos bichos, de lo imprevisibles que pueden llegar a ser. Aquella noche mientras me dislocaba el cuello por culpa de una altísima almohada y me ahogaba de calor con tanta manta – ya se sabe lo que pasa con las abuelas, no quieren que sus nietos cojan frío de ninguna de las maneras- empecé a oír un extraño ronroneo que emitía la gata. Por aquel entonces ignoraba que aquello era señal de que estaba a gusto con nosotros, sino que creía que era una especie de alerta, del preludio de un ataque gatuno. Fui incapaz de pegar ojo en muchas horas, empecé a pensar en lo que me podía pasar si caía en brazos de Morfeo. Seguramente se subiría a mi cama, me desarroparía agarrando la manta con una de sus afiladas zarpas, me miraría con sus ojos felinos durante unos instantes para luego dejarme hecho un cristo usándome como cojín para afilar las uñas. Dios, que mala noche pasé.

Pasó el tiempo y Remi se fue haciendo a la familia, o fuimos nosotros los que nos hicimos a ella, no sé, siempre fue todo un tira y afloja. La condenada se escondía detrás de los sofás, los arañaba, se subía en lo alto de las cortinas, hasta se subía encima de nosotros cuando comíamos nuestro pan con chocolate de todas las tardes. Me cagaba en toda su estampa, pero que le íbamos a hacer, era tan bonita…
Un verano nos la llevamos de camping a Bàscara (Girona). Acampábamos al lado del río Fluviá en las tierras de no se qué marqués que nos daba permiso si luego lo quedábamos todo limpio. ¿Habéis visto alguna vez a un gato con una correa?, yo tampoco hasta que nos llevamos a la gata a Báscara. Todo fuera porque no se escapase y se nos perdiese por ahí, se la comiera un lobo como postres después de comerse a caperucita o qué se yo, mil y una cosas podían pasar. Hasta que pasó. En una de las veces que la dejamos a su bola se nos escapó y se perdió por el bosque. Aquella noche mientras todos la buscaban yo miraba a las estrellas dándola ya por perdida. En eso que veo pasar una estrella fugaz, eso que casi nunca podemos ver en las ciudades, y recordé aquello que dicen que si las ves y deseas algo con mucha fuerza se cumple tu deseo. Y yo como un panoli voy y lo hago, y vaya si se cumplió, al cuarto de hora encontraron a la gata en unos zarzales. Al cabo de un tiempo tuvimos que devolverla al pueblo, se la quedó un familiar de una tía mía, y no volví a saber más de ella. La muy puta, perdón, puta es algo muy gordo, tirando a ordinario, la muy prostiputa era rencorosa, se vengaba de nosotros cuando la reñíamos porque había hecho algo malo. Luego como ya conté no hace mucho llegó Ringo, el gato peluche. Le llamábamos así porque se dejaba acariciar siempre, no era nada arisco, era independiente como todos los gatos, pero también le gustaba la compañía de los suyos. Esa manía que tienen los gatos de rozar su cabeza por tus tobillos como pidiendo que le hagas caso, como si quisieran decir con eso algo así como ¿para cuando el desayuno? Todos los gatos hacen el mismo ritual. Pero hablando de todos los gatos y de rituales, para ritual gatuno el que me encontré un día yendo en bici.

Hace unos años, cuando mi afición a la mountain bike estaba en su máximo apogeo, me encontré con una escena dantesca en uno de esos paseos. Ocurrió en una de las playas de Montgat (a escasos kilómetros de Barcelona). Decenas de gatos se arremolinaban en aquel inhóspito lugar. Cuando me quise dar cuenta de donde estaba me vi rodeado de gatos, me di cuenta de que no había nadie aparte de aquellos gatos y yo en aquella playa. En un intento por contarlos a todos creo que llegué a contar hasta sesenta gatos, pero es que cada vez aparecían más y más. Había un par que tenían el tamaño más propio de un perro, eran espantosamente grandes. Los había blancos, negros, rubios, de manchitas, grises a rayas, de todos los colores y tamaños. Había uno que estaba tuerto, su ojo malo se perdía mirando a la nada y el otro me miraba desafiante. En aquel momento me acordé de Remi y de lo que creí que me iba a hacer aquella noche en casa de mi abuela. Si a esos gatos se les hubiera ido la olla en aquel momento, no quedaría de mi ni las raspas del pescaíto frito montado en bicicleta que era para ellos. Sin hacer movimientos bruscos di media vuelta y empecé a pedalear. Mientras pedaleaba miré de reojo a aquella congregación de gatos, como si se tratase de una escena propia de Los pájaros, el clásico de Hitchcock. Curiosamente Montgat traducido al castellano quiere decir Montegato. ¿Casualidad?

pd. Premio concedido, trapo.

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