El lector de etiquetas
Los que me conocen habrán podido comprobar que tengo una extraña manía por leer las etiquetas. Leo desde las etiquetas de los botellines de cerveza, hasta las de las botellas de agua mineral. Es algo que hago inconscientemente mientras estoy con alguien tomándome algo. Hay espacios de tiempo, pequeños espacios de tiempo donde guardamos silencio, es entonces cuando se me ocurre leer la etiqueta de lo que tengo enfrente, mientras el otro se dedica a mirar las musarañas, encender un cigarrillo o a comprobar si su cupón de la once ha sido premiado.
Leo las letras grandes, las medianas y hasta las pequeñas. Leo la denominación de origen de los vinos, la localidad de la fábrica de la Coca-cola, el manantial de donde se saca las aguas minerales de una botella de agua…leo esos mini textos como si buscara un mensaje revelador, algo así como un mensaje oculto donde los extraterrestres anunciaran al mundo que están entre nosotros. Los que presencian mi extraña manía se preguntaran en que estaré pensando mientras leo y releo esos textos insustanciales. Pienso mil y una cosas, pienso en si nos tomaremos una cerveza más antes de irnos, en lo largas que se van haciendo las tardes, en mi irremediable vida hipotecada, en si mi amig@ debe estar pensando qué debo pensar de él/ella. Pienso también que a veces pienso demasiado y que a la vez no pienso nada las cosas. Pienso en que soy demasiado confiado con cierta gente y a la vez demasiado desconfiado con quien no se merece mi desconfianza. Pienso también en que Schweppes tiene sólo dos vocales frente a siete consonantes.
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